El alcohol como catalizador social

Últimamente no sé qué me pasa, que me cuesta especialmente mantenerme callado ante las injusticias. Aunque a veces resulta complicado saber diferenciar las injusticias aparentes de las verdaderas. Por desgracia, continuamente aparecen personas que se presentan como víctimas distorsionando las situaciones en las cuales fueron verdugas. Pero la verdad siempre se abre camino tarde o temprano, y lo hace con más fuerza si se colabora en investigar los hechos y desmontar las mentiras haciendo explícitas sus contradicciones internas.

Creo posible alcanzar la paz y la felicidad en vida, en este mundo. Tras décadas de terror, vamos recuperando la esperanza en que nuestra voz puede ser oída. En que las relaciones que se forman durante las manifestaciones pueden consolidarse con el activismo diario. En que no todo el mundo está dormido ni únicamente una pequeña parte tiene capacidad para despertar. Por eso ahora, más que nunca, es importante para mí posicionarme uno por uno en todos los temas vitales. Ya no puedo seguir jugando como si el objeto de mis chistes estuviera lejos, muy apartado de donde estoy. La vida real camina por las calles y tiene rostro, manos, voz. Y va en busca de libertad, de comida, de un lugar donde dormir en paz.

He descubierto que la libertad existe, pero mi tensión interior me impide sentirla plenamente. Me pregunto, ¿de dónde viene tanto sufrimiento interno, cuando supuestamente mi vida es normal y dispongo de las condiciones para poder ser feliz?

Entonces acuden a mi mente escenas que voy hilvanando en busca de una imagen representativa de quién soy, cómo he llegado a ser yo mismo, qué soy en relación a los otros.

La primera imagen es la de un grupo de jóvenes sentados en un banco, en una plaza poco iluminada, un viernes por la noche, escondiendo sus latas de cerveza al descubrir que pasa cerca un coche de la Policía Municipal. Una vez pasa el peligro, vuelven a beber mientras buscan con la mirada alguien que pueda venderles más sin tener que levantarse del banco. Enumeran, preocupados, la lista de discotecas a las que podrían ir si tuvieran dinero para pagar la entrada y finalmente deciden quedarse donde están hablando de cualquier cosa excepto de lo que les preocupa durante la semana y cómo solucionar esos problemas. Hay tiempo de sobra para emborracharse hasta que lleguen las seis y abran el metro, aunque algunos ya saben que no volverán a casa hasta mediodía. Allí no hay nada que hacer, se sienten mejor cuanto más lejos están.

Y los minutos van pasando entre risas, silencios y eventos absurdos…

Ya no envidio a las personas con capacidad para olvidarse de esta realidad cuando salen los fines de semana a emborracharse pensando únicamente en ligar y en conocer nuevos cotilleos, ya no me deslumbra su aparente felicidad. Ahora me dan simplemente lástima, por el dolor que les espera cuando entiendan que pierden el tiempo y malgastan su dinero y de quienes les mantienen creyendo que ésa es la única forma de socialización. Mientras tanto, las calles del centro continúan cubriéndose de basura cada fin de semana como burla demoníaca de su despilfarro emocional. Los bares y discotecas continúan llenándose de almas enfermas que acuden a autodestruirse con la excusa de que son libres y conscientes. Tal vez por eso, porque creen que lo son, se esfuerzan tanto por encadenarse y perder la consciencia, por dejar de sentir la timidez que provoca la moral sexual que quiere vernos siempre excitados, siempre dispuestos, siempre necesitados. Y esto es sólo un ejemplo.

El mundo que estoy abandonando ahora es el de la socialización mediada por el alcohol. No voy a mentir diciendo que con esa forma de vida siempre me lo pasé mal y que lo abandono porque mi cuerpo me impide seguir sufriendo. Al contrario, he vivido momentos mágicos y especiales… que me cuesta trabajo recordar ahora, por los efectos secundarios de esa droga sobre la memoria. Por eso, y porque creo en una forma natural de conexión entre las personas, he tomado la decisión de no volver a seguir esas rutinas que mi generación ha asumido como parte de un carácter “normal”.

Existen otros elementos que influyen en mi decisión, como que prácticamente el total del dinero que he invertido en alcoholizarme los fines de semana y vísperas de festivos ha ido directamente a las arcas de un misterioso conglomerado de vendedores ambulantes cuyas condiciones de trabajo son completamente opacas y rodeadas por leyendas mafiosas. Lo que en principio era una broma frívola ahora me produce escalofríos. Por no hablar del ya mencionado deterioro del espacio público con el consiguiente desvío de presupuestos colectivos hacia la limpieza y el mantenimiento del orden (bastante ineficaz en la práctica dado el desbordamiento natural de este fenómeno).

Creo en una socialización callejera y en locales cerrados, pero de una forma muy diferente a la que hasta ahora he conocido. No sé de qué manera se puede acabar con el suministro permanente e insidioso de alcohol, ni con el tráfico de sustancias aún más dañinas para la mente, pero sí puedo contribuir con mi presencia y mi ejemplo de que otra socialización es posible.

Quizás así consiga volver a sentir la alegría de las verbenas flamencas nocturnas, de los paseos sin rumbo, de los encuentros azarosos… sin la sombra del miedo, el dolor y la soledad que siempre acompañan al consumo abusivo de esta sustancia: el alcohol.

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Acerca de @transonlohk

Alegría para luchar, ¡organización para vencer!
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