Del archivo de la experiencia, sin cuya adecuada puesta a disposición somos meros pollos sin cabeza

Si un tipo de desodorante te hace daño, ¿qué haces? Le sacas una foto, la etiquetas y la guardas en el libro de las “cosas de las que huir”. Foto+texto–>libro.

Es el mismo mecanismo que utilizan los cuerpos y las sociedades, aunque en vez de fotos y libros utilicen los sistemas de información surgidos de su naturaleza: impresiones, narraciones, traumas, chistes…

Prueba y error serían inútiles sin una memoria que administrase la experiencia obtenida y la pusiera a disposición de los futuros procesos de toma de decisión. En ausencia de una administración de la memoria que permita su consulta y reescritura el ensayo y error se vuelve tedioso e inútil, por no ofrecer ningún beneficio, y la impulsividad irracional se torna la opción más eficaz… a un cortísimo plazo, casi diría que pura inmediatez.

Del mismo modo nos comportamos hoy en día, huyendo de la paciencia necesaria no ya para acumular experiencia sino siquiera para investigar la experiencia pasada acumulada para sernos transmitida. Así es que caminamos como pollos sin cabeza y cada vez que nos sentamos a pensar nos vemos en la obligación de empezar de cero de nuevo. ¿Pretendemos así luchar contra entidades que llevan milenios desarrollándose y adaptándose, lenta pero implacablemente, a su entorno, que también es el nuestro?

Somos un fugaz parpadeo en la inabarcable negrura abismal del universo. Nacidos con la capacidad de comunicarnos a través del lenguaje no sólo con lo más cercano sino con el pasado en forma de documentos, hemos degenerado tanto que ya no tenemos recuerdo siquiera de lo que sucedió hace veinte años. Lo cual no nos impide hincharnos de orgullo pretendiendo estar haciendo historia e inventándolo todo.

Síntomas de decadencia. Condenados a la autorreferencialidad y a la ignorancia, a ser aplastados de nuevo por una maquinaria tal vez igual de ciega bajo el punto de vista de la eternidad, pero sin duda mucho más poderosa en el cuerpo a cuerpo.

La diferencia, por mi parte, es que yo ya no siento más que un resquicio de amargura por este hecho. Porque sé que no va a cambiar a menos que cambie primero la gente.

“O a menos que la herramienta del cambio ya no requiera gente para funcionar, o sólo en su mínima expresión”, es lo que me repito a mí mismo mientras el montacargas continúa su lento descenso hacia los niveles subterráneos…

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Acerca de @transonlohk

Alegría para luchar, ¡organización para vencer!
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